Robin Campillo articula el deseo desde un paisaje en ruinas: físicas, emocionales y geopolíticas. En Enzo, un aprendiz de albañil de dieciséis años remodela casas contra la voluntad de su padre burgués, operando como la superficie donde colisionan las clases sociales. Mientras pasea por las ruinas italianas, Vlad —un colega ucraniano— habita las ruinas reales de la guerra en Ucrania. La película desplaza el coming-of-age romántico para inscribir el deseo adolescente en una estructura de conflicto bélico, con el sonido del combate respirándole en la nuca a su compañero.
La puesta en escena construye su relato desde la plasticidad: lo efímero del trabajo manual y la idea de lo maleable como metáfora del deseo desde un cuerpo político inestable. Enzo es superficie emocional. Vlad, el cuerpo ucraniano que el joven desea, es territorio en disputa. En una escena clave que evoca la incomunicación de Babel, Vlad sentencia: “No van a venir por nosotros, pero si no vamos, no tendremos país al que regresar”.

Robin Campillo subraya constantemente las relaciones corporales desde lo plástico: Enzo dibuja la guerra y manipula cemento en una obra en construcción. Habla de lo político desde los espacios en construcción y la arquitectura emocional del abandono. Desdeña su clase, desea ser parte del trabajo físico.
Y mientras Vlad vuelve al conflicto bélico, el deseo de Enzo circula entre arquitecturas en colapso, lenguas fragmentadas y un mundo que se cae a pedazos. Su amor, asimétrico, igual que las ruinas y la guerra.
✲ Este texto formó parte del trabajo crítico seleccionado para la edición de Talents Buenos Aires 2026 en el Talent Press. Laura Montes es crítica de cine, investigadora y editora de Toma 20.

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