¿El realismo mágico es una etiqueta colonialista y racista?: directores colombianos reniegan de Gabo
No al realismo mágico / En defensa del realismo mágico

Hace un tiempo, Santiago Lozano Álvarez, director de la película colombiana Yo vi tres luces negras (ganador del Premio Corazonada del 36° Festival de Cine de Toulouse, en Francia) renegó de la categoría que la crítica le ha atribuido a su filme. “El término realismo mágico no me gusta, es una etiqueta colonialista y racista sobre realidades fantasiosas que no existen, y mi película muestra la realidad de los habitantes de los territorios”, sostuvo. Sin embargo, ¿es así?

Yo vi tres luces negras cuenta la historia de José de los Santos, un curandero de setenta años en el Pacífico colombiano, quien recibe la visita en sueños del espíritu de su hijo desaparecido, advirtiéndole que la muerte lo acecha, por lo que José debe encontrar un lugar para morir. El filme es un viaje construido a partir de los saberes ancestrales de los rituales mortuorios de sus ancestros, a la par que coloca la lupa sobre las amenazas y conflictos que aquejan los territorios. “La luz negra mantiene viva la memoria de los muertos e ilumina su camino hacia la morada final para su descanso en paz. Es el final de su aventura mítica, según las tradiciones milenarias de la humanidad”, explicó Lozano.

Diseño de papel arrugado con Gabriel García Márquez y personaje realizando un ritual en el río en Yo vi tres luces negras.
Entre el rito y el mito: ¿Es posible habitar un territorio sin la etiqueta de lo mágico?

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Sobre etiquetas artísticas —o no—

Las palabras de Santiago Lozano Álvarez llaman la atención en un país cuyo Nobel de literatura fue enmarcado dentro del realismo mágico. Cien años de soledad, la obra maestra de Gabriel García Márquez —y ahora adaptada a la televisión de la mano de Netflix—, es una de las grandes representantes de esta corriente. ¿Significa entonces que decir que su novela es parte de este movimiento es una etiqueta colonialista y racista?

No encasillar su trabajo en ningún estilo en particular no solo es común en algunos realizadores, en los artistas también. En alguna ocasión, André Bretón, principal teórico del surrealismo y fascinado con el arte de Frida Kahlo, afirmó que su obra es surrealista. Sin embargo, ella estuvo en desacuerdo: “Nunca pinté mis sueños, siempre pinté mi realidad”.

Retrato de la artista mexicana Frida Kahlo como referente del realismo mágico pictórico.
Frida Kahlo: «Nunca pinté mis sueños, siempre pinté mi realidad».

El Dr. Carlos Segoviano, curador del Museo de Arte Moderno de Ciudad de México, sostiene que Kahlo no pertenecía a la corriente surrealista, sino al realismo mágico. En el primero hay un rompimiento de lo real, y en la obra de Frida no lo hay. Más bien, la artista utilizaba lo real como un elemento mágico.

Ese es, quizás, el miedo de muchos realizadores: empaquetar sus obras como un producto de exportación exótico, algo similar a la porno miseria (aunque con matices importantes) para festivales europeos. Sin embargo, ¿es así?

Una necesidad literaria (y antropológica)

Gabriela Iturbide, reconocida fotógrafa mexicana, opina lo mismo que el director de Yo vi tres luces negras. “El realismo mágico es una etiqueta colonial y racista”, le dijo a El País en 2022. Entonces, ¿qué es el realismo mágico?

Mockup de los libros Cien años de soledad, Aura y Pedro Páramo sobre fondos azul y rosa.
Referentes que redefinieron nuestra identidad: ‘Cien años de soledad’, ‘Aura’ y ‘Pedro Páramo’ como pilares de lo real-imaginado.

Se trata de un movimiento pictórico y literario caracterizado por mostrar elementos mágicos, irreales u oníricos como algo cotidiano o común, en muchas ocasiones borrando la línea entre realidad y ficción. Libros como Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, Aura de Carlos Fuentes y Pedro Páramo de Juan Rulfo son algunos de los grandes representantes de esta corriente.

Sin embargo, va más allá de solo mostrar elementos mágicos fusionados con lo «real». De acuerdo con Sergio Parrillas Machón, experto en filología y lingüística de la Universidad de Sevilla, principalmente responde a un motivo antropológico: deconstruir y apoderarse de lo hispanoamericano. “No podemos concebir el realismo mágico sin todo su aparato reivindicativo. Lo que simplemente aparenta ser una invitación a conocer lo invisible, del mismo modo que el neoindigenismo, también pretende elevar lo considerado «subcultura» al mismo nivel que la «cultura oficial» (…) Como reacción a esta concepción etnocentrista de base colonialista, surgirá el «realismo mágico» como herramienta de cambio”.

En ese orden de ideas, es complejo examinar si el realismo mágico es colonialista y racista —o no—. Lo esencial es la construcción narrativa y decolonial de las obras, ya sea en cine o literatura. Como bien señala el experto Parrillas Machón, ha surgido como una herramienta de cambio a la necesidad de encontrar un «nosotros», a la incansable búsqueda de la transculturación de realidades distintas, pero que muchas veces coexisten en los mismos territorios. Y si la corriente funciona como acto de emancipación, ¿por qué sería colonial y racista etiquetar una obra dentro de este movimiento?

Captura de pantalla de la película Yo vi tres luces negras con efecto de textura de papel arrugado.
Fotogramas que habitan el dolor: Una apuesta por lo real en el cine de Santiago Lozano.

La epifanía de la muerte en Yo vi tres luces negras

Más allá de entrar en el intenso debate de si el realismo mágico es una colonialista y racista, hay que entender de donde viene la afirmación. La negativa de Santiago Lozano Álvarez de enmarcar su reciente película en esta corriente es entendible, pero corresponde más a su búsqueda de visibilizar realidades y narrativas de los territorios.

Colombia está en deuda con el Pacífico —con muchos territorios, en realidad—.  

Lozano Álvarez se embarcó en la difícil tarea de “sanar las almas que han sido golpeadas por la violencia” a través del relato, como lo detallan Óscar y Ana María Ruiz Navia, productores de la película. Con la intención de colocar la mirada sobre una de las zonas más invisibilizadas de Colombia (el Pacífico), el filme explora la historia de un hombre que busca sanarse antes de partir de este mundo, en un viaje que abarca cosas más allá de la realidad objetiva.

Lo más probable es que Lozano Álvarez no desee etiquetar a su filme como algo mágico ya que no desea invisibilizar la realidad de la Colombia retratada. Tal vez siente que lo fantástico elimina la dimensión de lo real. “Yo vi tres luces negras es una película que propone, a través de la selva del Pacífico, un viaje al mundo de los muertos para ir al encuentro con los desaparecidos, con los silenciados, con los descuartizados, con los arrojados al río, con los sepultados en fosas comunes (…) Nos invita a volver a revisar esas deudas históricas que tantos gobiernos han acumulado con Buenaventura”: comenta DOCCO, la agencia de comunicaciones del filme.

Fotograma de la selva colombiana en la película Yo vi tres luces negras con diseño editorial de Toma 20.
La selva como espectro y refugio en la narrativa de Lozano Álvarez.

El director también escribió en su diario de dirección de la película: “el momento de lo imaginado ha terminado para darle paso al momento de lo habitado”. Habitar los espacios que la violencia ha destruido. “La película será un encuentro nuestro con la naturaleza y sobre todo con lo que ella nos ofrezca”. La selva también queda marcada por la guerra pero protege a sus ocupantes con sus espectros. Juega sus propias reglas, tiene su propia ley.  

Es claro: Lozano no quiere que la etiqueta suavice el horror de las fosas comunes, ni su búsqueda narrativa en el filme. Sin embargo, el realizador afirma que su película “muestra la realidad de los habitantes de los territorios”, algo que no es lejano al realismo mágico. Bien lo explica el Dr. Carlos Segoviano: se trata de “hacer de lo real un elemento mágico”. 

Fotografía del libro Cien años de soledad de Gabriel García Márquez edición clásica.
Cien años de soledad: El megáfono de las realidades silenciadas por la historia.

En Cien años de soledad, Gabriel García Márquez narra la masacre de las bananeras, la histórica huelga de trabajadores en contra de la United Fruit Company en 1928, y la posterior matanza por parte del ejército. Contar este trágico suceso en una obra llena de realismo mágico no suaviza su impacto —de hecho, todo lo contrario—.

Tal vez la película de Santiago Lozano Álvarez no sea realismo mágico, pero eso no significa que serlo sea una etiqueta colonialista. Porque la realidad es que a veces, Colombia sí es puro realismo mágico.


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