Crítica de Sinners
✺ Toma20métro: intenta abarcar mucho, pero se convierte en nada.
Una película racial y vampiresca que utiliza lo racial como decorado para ser de género. Intenta fusionar varios elementos disímiles, pero termina siendo menos de lo que promete. Así podría resumirse Sinners (O Pecadores en español), la película de Ryan Coogler que acumula dieciséis nominaciones a los Premios Óscar. Coogler no logra integrar lo sobrenatural con lo histórico, sino que los superpone sin que dialoguen entre sí. Michael B. Jordan protagoniza un filme de terror ambientado en el Mississippi de los años treinta. Dos hermanos gemelos regresan a su pueblo natal buscando redención, pero se enfrentan a una presencia vampírica maligna y al racismo.

✺ Si te interesa el cine que incomoda y abre debate, suscríbete al boletín de TOMA 20. Cada semana enviamos análisis exclusivos que no publicamos en redes.
Ryan Coogler intenta articular elementos de la cultura afroamericana (como la música, no por nada su elección de tiempo y lugar) con una representación fantasmagórica, ancestral, casi mística, a través de la narrativa vampiresca. Existe un mito que liga al blues con “la música del diablo”. De hecho, en la década de los treinta, se decía que el cantante Robert Johnson vendió su alma al diablo en un cruce de caminos a cambio de convertirse en un virtuoso del blues. En Clarksdale, ese mismo lugar, ocurre esta película.
Sin embargo, aunque en el papel pueda sonar interesante fusionar el género de vampiros con las construcciones culturales de la narrativa afroamericana, en la realidad termina siendo fallida, con Coogler apuntando hacia demasiados lados, iluminando casi ninguno.
Coogler toma demasiado tiempo tratando de introducir a los personajes, con historias que a ratos se sienten demasiado forzadas entre sí. Michael B. Jordan interpreta a los gemelos Smoke y Stack, uno de ellos enamorado de una mujer que muchos creen blanca (Hailee Steinfeld) y el otro de una conjuradora Hoodoo llamada Annie (Wunmi Mosaku) con quien ha tenido un hijo fallecido.

Desde temprano, la película intenta inscribir su narrativa vampiresca a través de códigos de terror: flashbacks terroríficos al inicio del filme, uso de rojo sangre en el diseño de producción, y serpientes que atacan a los protagonistas —un preludio de lo que harán los vampiros hacia el final de la película—. No obstante, también construye un relato racial de la Mississippi de los años treinta, con una fotografía bellísima filmada en 65 mm con cámaras IMAX, pero que ofrece imágenes carentes de significado.
A menudo hay una espectacularización de la trama: planos deslumbrantes de los campos de algodón en Mississippi, pero sin que cobren importancia narrativa en el relato. Sus personajes, fundidos con el fondo. Bien lo señala Robert Daniels de Roger Ebert: ¿Por qué escoger este contexto histórico del sur de Estados Unidos si se va a mirar desde tanta distancia visual y física? Lo racial, en este caso, parece un decorado, no un elemento principal del relato.
La cámara elige desplazarse por planos medio cortos de los personajes, como una suerte de mirada íntima, desintegrando lo sobrenatural de lo histórico. Coogler parece más interesado en explorar la relación de los gemelos Smoke y Stack con su primo Sammie (un genio del blues) que en otra cosa.

Para muchos, Sinners funciona como una metáfora de la pérdida de identidad negra en Estados Unidos (los vampiros antagonistas son blancos). No obstante, no se puede catalogar a una película por el potencial de lo que podría ser, sino por lo que es. Y la película de Ryan Coogler no se sostiene por sí sola.
Tanto así, que Remmick (Jack O’Connell), el primero y más malvado de los vampiros, tiene que explicarle al protagonista cuál es la conexión entre estos vampiros, la raza y el Ku Klux Klan. Si tiene que explicarlo, es porque Coogler no ha sido tan efectivo en mostrarlo.
Y al final, incluso su disonancia le cobra factura. El realizador trata de reafirmar a Jordan como una especie de ‘Rambo’ contra el Ku Klux Klan, y en una escena post-créditos se ve a un Sammie más viejo interactuar con uno de los gemelos convertidos en vampiro, pero actuando de todo menos como vampiro —la inverosimilitud como estrategia narrativa—.
Sinners es una película ambiciosa, pero su construcción narrativa la sabotea. La pregunta no es si los vampiros pueden ser racistas o no —la propuesta de Coogler es interesante en ese sentido—. El problema es el embellecimiento de la violencia sistemática a la comunidad afroamericana. Cuando el horror histórico se convierte en estetización, el riesgo no es narrativo: es simbólico.

✺ En TOMA 20 analizamos el cine más allá de la superficie.
Si te interesa una crítica que no se queda en estrellas ni puntuaciones, suscríbete gratis y recibe nuestros análisis antes que nadie.
Forma parte de la comunidad que piensa el cine, no solo lo consume.








Deja un comentario