La solitud de las raíces

“Intento encontrar una hoja que haga invisibles a las personas.”

— The Botanist

¿Qué significa llamarse a sí mismo botánico? ¿Y qué significa llamarse algo, alguna vez, en esta vida? Es lo que se pregunta The Botanist, la ópera prima de Jing Yi, realizador chino conocido por The Sleeping Bride’s Rebirth (2025) y Around you (2014). La película transcurre en una aldea remota de Xinjiang, donde Arsin, un joven kazajo, encuentra compañía en las plantas.

The Botanist construye una contraposición estética entre el arraigo a la tierra y la soledad, frente a la urbanización moderna que arrasa con toda posibilidad de contemplación o cuidado. No es casualidad que el filme transcurra en Xinjiang, un territorio autónomo en el noroeste de China que comprende una vasta región de desiertos y montañas. En esta zona habitan, entre otros, pueblos kazajos como el del protagonista.

Póster de The Botanist (2025), película de Jing Yi.
Póster de The Botanist (2025), película de Jing Yi.

Jing Yi crea una cercanía onírica con la flora, a través del concepto de las raíces como vehículo narrativo. Después de todo, eso es ser un botánico: un acto de resistencia frente al ritmo acelerado del mundo. Esta película es todo lo contrario: poética, contemplativa, como un arroyo suspendido en el tiempo.

El relato está construido sobre mitos orales. Arsin le cuenta a su amiga Meiyu de la leyenda de una hoja que hacía invisibles a las personas, y los rumores del pueblo acerca de lo que le ha sucedido a su tío. Son relatos tan potentes que incluso terminan materializándose en elementos fantásticos, como un caballo que le habla al protagonista —sí, como en El lado oscuro del corazón—.  Esa fantasía del caballo que habla no es solo un adorno más de la película, sino uno de sus ejes narrativos más poderosos. Como en la película de Eliseo Subiela, los elementos fantásticos sirven para explorar los fantasmas y el mundo interior del protagonista.

Arsin encuentra en las plantas su mejor forma de acompañar la solitud. Su única amiga, Meiyu, le avisa que va a mudarse a una gran ciudad en China. Poco a poco, lo urbano va ganando una fuerza indómita sobre lo rural. Jing Yi subraya esta idea a partir de recursos visuales como los sobreencuadres, técnica fotográfica en la que un sujeto se enmarca dentro de otro objeto, casi siempre ventanas. A través de ellas, la cámara parece mirar al mundo desde una distancia emocional, resaltando los marcos que componen el paisaje cinematográfico de la imagen.

Fotograma de The Botanist (2025). Escena final donde Meiyu parte hacia la ciudad, reflejando la tensión entre modernidad y arraigo.
Meiyu despidiéndose de Arsin: el contraste entre lo urbano y lo rural.

El espacio negativo —una gran área vacía en la composición— es otro de los recursos preferidos del realizador. En varias escenas, Arsin cena con su abuela, sentados en el piso. Esa ausencia de contenido en la zona superior parece devorar la imagen: arriba, la escenografía del cuarto; abajo, diminutos los personajes. Jing Yi crea un relato donde el entorno se adueña de los personajes; unos pequeños seres que habitan un vasto camino de tierra.

Abundan otros ejemplos visuales: planos panorámicos donde hay más cielo que montaña en el encuadre —y los personajes muy pequeños—; el joven y su hermano, sentados en el campo, con más presencia de cielo que de ellos mismos; una tendencia a evitar centrar a los sujetos y jugar con los pesos distintos en la imagen.

Plano de The Botanist (Jing Yi, 2025). Arsin, joven kazajo, escribe mientras la cámara destaca el espacio negativo del paisaje.
Arsin escribe en su cuaderno: las raíces como narrativa visual.

En The Botanist, el espacio negativo es fundamental para subrayar la solitud de Arsin —distinta de la soledad, implica una decisión voluntaria de estar solo—. Solo logra un equilibrio visual en el arraigo a su tierra. Allí, Jing Yi construye el concepto de las raíces. Lo artesanal, la semilla echada, evocan un sentido de pertenencia del silencio. Hay un plano en donde el joven está escribiendo en su cuaderno, y la cámara lo ubica en la zona superior del encuadre, mostrando abajo una robusta área de tierra. Tiene vida, alma y cuerpo: el único momento en donde el espacio no parece devorarlo, sino al revés. Recalca la idea de que solo encuentra compañía y balance en su territorio.

“Mi tío decía que todo el que se va camina el círculo. Todos regresan al pueblo”, dice el protagonista en voz en off. La idea de echar raíces. Escoger la solitud como una forma de arraigo. Así como Arsin, que se nombra a sí mismo el botánico. Porque elegir llamarse algo a sí mismo en esta vida, también es una forma de pertenecer.

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