La odisea de un inmigrante con aroma parisino

✱ Esta crítica contiene spoilers.

Las calles de París son testigo de la marginalidad y la búsqueda de la libertad. Pero en L’Histoire de Souleymane (Una odisea en París en español), la mítica ciudad de las luces deja de ser luminosa. Se torna distinta, lejana, fría y ausente. Souleymane, un inmigrante de Guinea, pedalea por las calles mientras se gana la vida repartiendo comida, repitiendo una historia en su cabeza que es de todo menos suya. Dentro de dos días tiene que acudir a la entrevista para solicitar asilo, la llave para obtener los papeles, pero no está preparado.

El filme, dirigido por Boris Lojkine y con un Premio César al Mejor Actor Revelación, convierte su cámara de cine en par de ojos que observan. Con una relación de aspecto 4:3 —conocido como el formato de televisión—, el aparato cinematográfico siempre lo acompaña. Desde el primer plano hasta el último: Souleymane, esperando en una fila, en silencio. Y el final, cuando sale de la ansiada entrevista, donde también aguarda sin ruido.

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El silencio, como una voz callada que narra. Y la cámara, unos ojos atentos que miran. Juntos, el maridaje perfecto. En la primera escena del filme, cuando Souleymane aguarda en la fila, el 4:3 lo encuadra justo a la mitad de la imagen, mientras el sonido entra de forma ascendente. La ausencia sonora es un grito de su propia odisea en una ciudad que parece comérselo cada vez más.

No es el único momento. Durante todo el filme, Souleymane suele estar en el centro del encuadre —aun cuando la cámara en mano de Boris Lojkine crea movimientos de cámara evidentes—, la mirada siempre vuelve a su centro. Y el mutismo también. En una ocasión, el protagonista habla por teléfono con quien parece ser una ex pareja de Guinea, su país de origen. El ruido externo —pues está en un comedor comunitario— le impide escucharla. “Me han pedido la mano”, dice ella, de quien solo puede oírse su voz. Y entonces, todo lo sonoro se detiene. El tiempo se congela por un instante. Souleymane, atrapado en el silencio. Y el sonido refleja la vida que ha tenido que dejar atrás para luchar por un asilo que ve cada vez más imposible.

Souleymane pedalea en París repartiendo comida en L’Histoire de Souleymane
El protagonista se gana la vida como repartidor mientras enfrenta el reto de conseguir asilo en Francia.

La cámara de Boris Lojkine también juega con sus encuadres, representando las distintas dualidades a las que se enfrenta el protagonista. En el clímax de la película, cuando por distintos infortunios le cierran la cuenta de repartidor —y su supuesto amigo se niega a devolverle su dinero—, él es empujado por las escaleras y cae con violencia hacia el piso. En esta escena, distinto al resto del filme —cuya gran mayoría de planos son generales y medios—, la cámara enfoca su rostro desde un primer plano. Cercano a la pantalla, mirando su dolor directo a los ojos. Y desde ahí, la lógica audiovisual cambia. Souleymane deja de estar centrado, y más bien la mirada cinematográfica se vuelve lejana, cansada, ajena; como si ahora quisiera observarlo de lejos.

La cámara en mano, tan presente a lo largo de la película, se intensifica. Además de quedar sin dinero ni papeles, Souleymane pierde el bus hacia el dormitorio comunitario y debe dormir en la calle. Hay ruido, caos. Después, un vacío sonoro. Él solo, como en medio de una tormenta. Y el eco vacío de una ciudad que ya se duerme.

Afiche oficial del Festival de Cine Francés 2025 con un elenco mayoritariamente femenino, destacando la sororidad y la fuerza del universo femenino, que se celebra en Colombia del 24 de septiembre al 8 de octubre.
L’Histoire de Souleymane (Una odisea en París) es parte del Festival de Cine Francés, del 24 de septiembre al 8 de octubre en dieciocho ciudades de Colombia.

Allí, L’Histoire de Souleymane y el propio Abou Sangare (el intérprete de Souleymane) entregan quizás el momento más íntimo de la película: el adiós a través de una pantalla. “El dolor de dejarte quema. Lo que quiero es casarme contigo, pero Alá no cruzó nuestros destinos. Lo que deseo para ti es la felicidad, quiero que tú y tu ingeniero sean felices”, le dice por videollamada a la mujer que lo llamó unos días antes en el comedor comunitario.

Un adiós encapsulado en la lejanía, pero igual o más profundo que si estuvieran frente a frente. Él, sin techo esa noche, se escabulle dentro de un edificio y la llama. La luz penetrante de la pantalla de su celular refleja un azul intenso en su rostro.

Souleymane en París en L’Histoire de Souleymane
La ciudad se convierte en escenario hostil cuando el protagonista se queda sin techo ni dinero.

Y es que la frialdad cromática es uno de los recursos narrativos más potentes del filme. Boris Lojkine crea una estética gélida. Es clara su intención de dibujar una París apática, distante, lejana del esplendor con el que suele ser pintada por otros realizadores. L’Histoire de Souleymane (Una odisea en París)refleja una parte marginal de la ciudad, un reflejo social de lo que viven muchos inmigrantes.

La película insiste visualmente: desde el vestuario —el protagonista casi siempre lleva algo de ese color— hasta los dormitorios comunitarios, donde está muy presente. Sin embargo, el ansiado día de la entrevista —aquella que ha practicado durante todo el filme—, Souleymane se viste de blanco. Aunque el tono azulado sigue presente en la entrevistadora y en las paredes de la Oficina Francesa.

Souleymane pedalea en París repartiendo comida en L’Histoire de Souleymane

La tensión de la escena de la entrevista es palpable: un tejido delicado entre imagen y sonido. A medida que Souleymane cuenta su historia a la agente, la sonoridad del teclado —la entrevistadora escribiendo— genera un eco vacío sobre el silencio de la habitación, y la mirada preocupada del protagonista, quien sabe que está contando una mentira. La cámara, entonces, lo delata, cambiando de un ángulo tres cuartos a un intenso contrapicado. “¿Quién te escribió esta historia? La he escuchado al menos dos o treces veces en las últimas dos semanas”, le dice ella.

Y en el último acto poético de Boris Lojkine, Souleymane sale de la Oficina Francesa aun esperando la respuesta a su solicitud de asilo, viendo al horizonte. La cámara lo mira, esta vez desde un primer plano, volviendo a sentirlo cercano. L’Histoire de Souleymane no cuenta si el protagonista recibe el asilo o no, porque no va de eso. Es de un inmigrante que lucha por escapar de la realidad social de su país, nada lejano a lo que miles de personas viven cada día. Un tejido entre imagen y sonido, entre libertad y peripecias. Un hombre que sin duda vive una odisea en París.


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