La mujer fragmentada de la casa de muñecas

Una joven se enamora de quien, más tarde, sería conocido como el Rey del rock and roll. Fiestas estrambóticas, mansiones, viajes, vestidos ostentosos, joyas y autos de lujo como regalo. Y aunque al principio parece un romance de ensueño, en realidad está muy lejos de serlo. Se trata de Priscilla (2023), película de Sofia Coppola, reconocida cineasta recordada por Lost in Translation y María Antonieta.

Priscilla Beaulieu conoció a Elvis Presley en una fiesta en Alemania, y desde entonces se enamoró perdidamente de él. Entre idas y venidas, azares y desventuras, él la llevó a vivir a su casa en Graceland, Estados Unidos; mientras ella terminaba la escuela para después casarse en 1967. Pero aquel romance encantador se desvaneció más rápido que el barniz de sus uñas rosadas.

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Cailee Spaeny como Priscilla.

A través de una estética creada a partir de tonos pasteles, presencia recurrente del rosado como leitmotiv y una iluminación que parece sacada de cuento de hadas, Sofia Coppola reivindica la figura de una mujer que es más que “la esposa de alguien”. Su verdadera emancipación sucede a través de la búsqueda de su libertad, por lo que no es casualidad que la película se titule Priscilla, así, sin el Presley, porque no lo necesita. Su nombre vale por sí solo.

Con una mirada cinematográfica idílica (temperatura de color cálida, luz natural directa) Sofia Coppola deconstruye la figura de Elvis Presley para construir la de Priscilla. Y su fotografía de ensueño genera un contrapunto con las sombras que va revelando Presley a lo largo del filme. Le regala joyas, carros, vestidos y un matrimonio de película, pero a cambio le pide su vida entera: “Soy yo o una carrera. Cuando te llame, necesito que estés ahí para mí”. Además, comienza a moldearla a su manera, como si fuera parte de su propia casa de muñecas. Decide el color de su cabello, el peinado y hasta lo que no debe usar. “Los estampados llaman mucho la atención y opacan tu belleza”, afirma Presley antes de convertirla en su propio títere moldeable.

Aunque en esta primera parte el filme parece estar bajo la mirada masculina o el “male gaze”, Coppola lo subvierte a través del metraje. Con el tiempo, Priscilla se transforma en una antítesis del estereotipo que Presley ha creado. “Soy una mujer con necesidades, que necesita ser deseada”. Y es que la protagonista pasa de ser el objeto deseado al deseante —Presley rechaza sus deseos sexuales, como si solo quisiera su presencia de esposa. Una mujer virginal, callada y sin opiniones.

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Aquí, la directora despliega sus dos recursos de oro: la fragmentación y la estética de la repetición. Coppola usa el primero para mostrar a una Priscilla que se pierde poco a poco por complacer a Presley. Para Sofia Coppola, es en los detalles donde está toda la forma de la película. En Priscilla hay un tipo de plano recurrente: uno que fragmenta a su protagonista. Pero no lo hace resaltando su cuerpo ni su belleza, sino todos los elementos que la construyen a nivel narrativo. Al principio, para revelarla desde las porciones: primeros planos de sus uñas, sus ojos delineados, su maquillaje. Después, para ilustrar un paso del tiempo específico y las elipsis: primeros planos de relojes, calendarios, cartas de Elvis.

En el último tercio del filme, la realizadora también juega con la fragmentación para hablar de su segundo elemento visual más importante: la repetición (elementos recurrentes con ligeras variaciones): las pastillas para estar despierto en Alemania y para dormir en Memphis, esperarlo en el cuarto de arriba tanto en su casa en Alemania como en Estados Unidos, el paso del tiempo repetido y agotador.

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Hay dos momentos específicos donde se acentúa este recurso: después que Elvis la arregla apenas llega a Memphis y posterior a su grado. En ambos casos, hay una fragmentación de los elementos reiterativos: el despertador, la pareja en la cama, una bandeja con platos de comida que dejan y recogen en la puerta… Una y otra vez. Una y otra vez. La vida de Priscilla se ha convertido en una relación cíclica: acompañar a su amado, verlo partir, esperar a que regrese. Como una bella durmiente mirada desde el placer de Elvis, que solo se completa a sí misma cuando se da cuenta que tiene que salir de ese lugar.

Tanto con la fragmentación como con la estética de la repetición, la realizadora filma a una mujer que se encuentra a sí misma solo cuando logra salir de la casa de muñecas. En Priscilla, Sofia Coppola se apropia de una estética idílica y de romance de los años sesenta, para crear un contrapunto a la belleza presentada en pantalla a la violencia ejercida sobre el personaje. La protagonista es una mujer que, poco a poco, empieza a levantar su voz, y se reinventa a sí misma. Deja de ser la esposa abnegada de Presley para convertirse en un sujeto que desea, opina y habla. Sí, aunque tenga que recoger sus pedazos fragmentados de la casa de muñecas.

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