Una pelota de tenis baila de lado a lado mientras dos jugadores en crisis —uno, una estrella en descenso, y otro, cuya carrera nunca pudo despegar— se enfrentan en un duelo donde arriesgan mucho más que un partido. Desafiantes (Luca Guadagnino, 2024) sigue a Art Donaldson (Mike Faist) y a Patrick Zweig (Josh O’Connor), dos tenistas, examigos y competidores por la atención de una misma mujer, Tashi Duncan, cuya prometedora carrera se ve truncada por una lesión. Guadagnino se toma su tiempo para explorar una relación íntima y entrañable, de amigos a enemigos, y de enemigos a desafiantes.
Si algo hay siempre por destacar en las películas de Luca Guadagnino son sus personajes. Redondos, completos, con luces y sombras que se revelan a lo largo del filme. Así son los protagonistas de esta historia. Art Donaldson y Patrick Zweig parecen una antítesis del otro: el exitoso Donaldson es falto de energía, pasión y carácter. En cambio, el vigoroso y lleno de frenesí Zweig es escaso de disciplina y determinación, razón por la cual su talento nunca fue suficiente para llevarlo a ningún lado. Ambos tienen lo que al otro le falta, así como en las estructuras narrativas de una película romántica clásica. Y en el fondo, lo es.

Desafiantes parece tener dos narrativas visuales, casi como si fuesen dos películas en una: las escenas dentro del campo de juego, y fuera de él. Después de todo, eso es lo que hace Guadagnino en las dos horas y once minutos de metraje: jugar. Se divierte con sus personajes, sus espacios, con su música; se mete con ellos y entre ellos, a quebrar el tiempo en trece años de historia a través de las elipsis y grandes saltos temporales, como los mismos de la pelota de tenis entre una cancha y la otra.
El filme funciona, en muchos sentidos, con una estructura narrativa de ‘versus’ o ‘contras’. No solo en el relato, también en la imagen. Las secuencias del pasado —y todas aquellas donde no hay una cancha de tenis en medio— tienen un montaje pausado y temperaturas de color frías. Por su parte, los partidos de tenis gozan de una edición rítmica con colores más saturados. La estética es parecida a los videos publicitarios de Adidas y Nike de los años setenta, y las paletas de color análogas le dan vigor al enfrentamiento final entre Art y Patrick.
El momento de máxima tensión es el desempate entre los jugadores, que tiene una estética arriesgada y un verdadero duelo entre sus protagonistas a través del lenguaje cinematográfico. Luca Guadagnino utiliza el recorrido de la pelota como un punto de vista (tomando el lugar de la cámara). Y así, el enfrentamiento entre ambos pasa a segundo plano y se convierte en otra cosa: es una danza rítmica, un juego entre la pelota de tenis y la vida, un baile que va de un lado a otro, sin detenerse en ningún lugar.

Pero aquel punto de vista no solo sucede en la secuencia final del juego, toda la película ha sido un partido, no solo en la cancha, sino fuera de él. Patrick logra algo, Art golpea. Ahora Art lleva la delantera, y Patrick le pide la revancha. Así, entre juegos ganados, desventuras y azares, la pelota se convierte en una metáfora visual: un ping-pong que se materializa con el punto de vista de la cámara.
Y no es el único recurso: Guadagnino también juega con un ritmo de montaje que va de lo descendente a lo ascendente y viceversa, y cortes rápidos acompañados de sonidos trepidantes de la raqueta contra la pelota. El duelo ha llegado a su máxima tensión dramática, y ese ping-pong audiovisual se consuma en una pelota de tenis que danza de lado a lado. Y de pronto, dos amigos separados y vueltos a unir por el tenis recuperan lo que, tras tantos años distanciados, habían olvidado: que todo se resuelve en el campo de juego.

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