Jean-Luc Godard: crear destruyendo (Parte II)

A propósito del 94º cumpleaños de Jean-Luc Godard, quien nació el 3 de diciembre de 1930, recordamos su influencia revolucionaria en el cine.

*Lee aquí la primera parte.

Saltar el tiempo

En las películas convencionales de Hollywood, los realizadores procuraban una elegancia en el montaje tan pulida de forma que el público casi no logre percibir que está viendo una representación, sino que es parte de la película misma.

Pero Godard, con la concepción de un cine con rupturas continuas, buscaba todo lo contrario. Si en alguna escena de una conversación había una parte del diálogo poco interesante o no necesaria para el él, la cortaba sin necesidad de disimular o realizar transiciones orgánicas. Este es uno de los elementos más importantes que instauró el francés en su destrucción de las reglas cinematográficas: la ruptura de raccord (continuidad).

En una de las escenas más famosas de A bout de soufflé, dos personajes tienen una conversación dentro de un carro. Godard corta partes del diálogo que no le interesan, haciéndolas totalmente visibles para el público.

En este video puedes ver de forma visual el análisis contenido en este texto.

A estos cortes abruptos se les llaman ‘jump cuts’ —cortes de la continuidad narrativa—, los cuales intensifican la percepción del paso del tiempo. Los filmes de la Nouvelle Vague de Jean-Luc son tan íntimos y personales, que muchas veces a través de la discontinuidad es que el francés narraba de forma audiovisual la sensación de los cambios en el reloj.

En Une femme est une femme (1961), se ve a Ángela (interpretada por Anna Karina), sentada en una cafetería, algo estresada, pensativa y triste. Escucha una canción, y su rostro se impregna de desesperación y evidentes ansias de que termine pronto. Su angustia e impaciencia es manifestada a través de jump cuts creados en montaje mientras ella mira aburrida a la cámara. Como si el reloj se detuviera y el momento fuera eterno. La ruptura de raccord fue uno de los recursos predilectos de Godard para lograr este efecto.

Anna Karina como Ángela en Une femme est une femme (1961).
Anna Karina como Ángela en Une femme est une femme (1961).

Y ni hablar del ritmo…

El tiempo fue una de las obsesiones de Godard, y en sus primeras películas sí que esposible sentirlo. Por la propia naturaleza de su cine de explorar el sentido del ser humano, sus filmes contienen abundantes diálogos y reflexión de sus personajes. Las palabras y los gestos son lo que definen, entre otras cosas, a los personajes que están en pantalla.  

El público no acostumbrado a narrativas no convenciones, suele percibir el cine de Jean Luc Godard como “lento”. Sin embargo, puede deberse al hecho que él plantea una narrativa pausada para crear relaciones íntimas entre los personajes y el público.  

Una narrativa pausada no implica una gran ruptura de raccord, teniendo en cuenta que depende de cada director. No obstante, Godard hace presente su constante ruptura a partir de planos de larga duración en donde aparentemente no sucede nada, pero en el fondo pasa todo —y se explora al personaje en profundidad a través de la cámara—. La cámara es ese segundo ojo; uno que ve todo pero que no mira. Y los personajes lo observan de frente.

Anna Karina en Vivre sa vie (1962) de Jean-Luc Godard.
Anna Karina en Vivre sa vie (1962)

El director francés nunca consideró bruto o incapaz a su público. Todo lo contrario: lo ponía a prueba constantemente. Une femme mariée (1964), empieza con largas tomas de una mujer y su esposo —aparentemente— en la cama besándose y hablando. Después de un tiempo, es posible percibir que el esposo de Charlotte, la protagonista, no es el mismo con el que compartía la cama al inicio.  He aquí la historia de una infidelidad, pero el público lo descubre por sí solo más adelante, sin ninguna intervención por parte del realizador más que contar sutilmente la historia.

De igual forma, muchas veces los personajes de las películas de Godard cometen actos moralmente cuestionables. Y mucho después, deja que se expliquen a sí mismos la razón por la que lo han hecho —y que el público saque sus propias conclusiones, así sean apresuradas al inicio—. Esto dota a los espectadores de una conciencia sobre sí: ¿en qué medida prejuzgan y estereotipan personajes, y hasta dónde conocer sus contextos influye en su percepción?

El icónico beso entre Jean-Paul Belmondo y Anna Karina en Pierrot le fou (1965) de Jean-Luc Godard.
El icónico beso entre Jean-Paul Belmondo y Anna Karina en Pierrot le fou (1965).

Es también el caso de la protagonista de Une femme mariée, pues más o menos hacia la mitad del filme, ella cuenta por qué ha engañado a su esposo, a través de la típica reflexión godardiana, en esta ocasión acerca de la percepción de los seres humanos hacia el pasado y el presente. 

La intención de Godard es retar constantemente al público, ya que el sentido de sus películas se justifica por sí mismas. En Pierrot Le Fou (1965), Marianne y Ferdinand están frente al mar, y discuten acerca de su relación. Es una escena larga donde el paso del tiempo se siente pausado y mortífero; pues a través de esta historia, el director representa su tortuosa relación con Anna Karina.  

Hay otras escenas, en cambio, en donde aparentemente no está sucediendo nada, pero la vida entera está pasando. Para el realizador los planos son herramientas metafóricas, por ende su ritmo pausado tiene sentido cuando se entiende en su conjunto.

Romper la imagen

Para Godard la manera de colocar la cámara es también una forma de representación de los personajes y una manera de cuestionar la realidad. Para experimentar con lo discontinuo, utiliza distintos tipos de planos ya establecidos impregnándolos de su propio estilo.

Un plano que corresponde a este tipo de ruptura de raccord es el holandés utilizado en la película Une femme mariée. En una escena en que una mujer está corriendo con su pequeño hijo al aeropuerto para recoger a su esposo, el director francés voltea la cámara de manera muy marcada, experimentando con los ángulos y la mirada del espectador.

La toma de la mujer y el niño en aquel ángulo retorcido hace match cut —una transición entre dos imágenes similares a nivel visual— con el plano del avión de su esposo, que también termina en un holandés. Este tipo de perspectivas en donde el público tiene que girar tanto su cabeza para seguir a los personajes constituye el último de muchos elementos de Godard para jugar con la realidad: “romper la imagen” —y con ello, la realidad y la representación—.

Une femme mariée (1964) de Jean-Luc Godard.
Une femme mariée (1964) de Jean-Luc Godard.
Une femme mariée (1964)

Jean Luc Godard es un director como pocos que han existido en la historia del cine. Uno que siempre quiso crear destruyendo, como bien lo dijo Jean Douchet. A través de su concepción del cine de una ruptura discontinua, experimentó en el montaje rompiendo la cuarta pared, a través de un ritmo lento, y con composiciones que retarían a cualquier regla cinematográfica. Su huella será imborrable. Y su legado, eterno.

(Y esto no sería un homenaje a Jean-Luc sin su respectivo collage): Larga vida al cine y eterna memoria a uno de los directores que revolucionó el séptimo arte.

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