Tras una serie de nada casuales desventuras, Edmont Dantès es enviado injustamente al castillo de If, la prisión más temida de toda Francia. Su vida era apacible: aunque de origen humilde y dedicado a la vida marítima, fue ascendido a capitán y estaba a punto de casarse con la mujer de su vida. Pero por infortunios del destino va a la cárcel por catorce años por un crimen que no cometió; y cuando al fin logra escapar, ya no es él mismo. Regresa como el conde de Montecristo, pero esta vez decidido a cobrar venganza. Y justicia.
Este sólido argumento no solo resume el clásico literario de aventuras de Alexandre Dumas, sino que se trata de la nueva adaptación cinematográfica que llegó a Cine Colombia el pasado jueves 24 de octubre, de la mano de los directores franceses Alexandre de la Patellière y Matthieu Delaporte, y de los estudios cinematográficos Pathé y Chapter 2.
Venganza o no venganza: esa es la cuestión
Si en una imagen pudiera definirse El conde de Montecristo, sin duda sería aquella donde está Pierre Niney (quien interpreta a Dantès) sosteniendo una máscara, mientras se mira en varios espejos que generan un reflejo dividido de sí mismo. Para que sus enemigos no lo reconozcan, utiliza una careta que oculta su rostro, pero que no puede tapar su alma.
Edmont Dantès ya no existe, es un hombre consumido por el dolor y el resentimiento, desvanecido por la nostalgia de los recuerdos y la vida que no fue. No solo le fue arrebatada su inocencia, sino toda su existencia. Mercedes Herrera, con quien se iba a casar, se unió en santo matrimonio con Fernand de Morcerf, el artífice del complot. ¡Su amada con su peor enemigo! Y por si fuera poco, después de escapar de prisión se entera que su padre se dejó morir de pena y tristeza hace muchos años. Ya no le queda nada. Solo la venganza, que será ahora su motor de vida.


Todo en El conde de Montecristo trabaja unido para generar intensidad dramática: desde los veloces y dinámicos movimientos de cámara que siguen a los personajes —y dirigen la mirada del espectador—, hasta la deslumbrante escenografía y los planos medios que permiten al público generar una poderosa intimidad con los personajes, sobre todo con su protagonista.
Para adaptar un libro tan extenso como lo es la obra de Dumas, hay que ser un narrador cinematográfico conciso para condensar los elementos más importantes de la historia. Patellière y Delaporte lo logran con grandeza, creando un relato poderoso que avanza de forma inequívoca.
Su narrativa es exquisita. Planos medios, travellings y movimientos de cámara que tienen un solo objetivo: guiar los ojos del espectador a través del camino del protagonista.
Dirigir la mirada
En la película hay dos imágenes paralelas: en la primera parte del metraje, la cámara sigue a un joven Edmond galopando en un caballo con su amada Mercedes, rumbo a un almuerzo familiar. La velocidad de la toma es inminente, así como el destino fatal del protagonista: Patellière y Delaporte indican con gran fuerza visual que Dantès se dirige hacia su desgracia, pues en aquel evento, está Fernand de Morcerf, su peor enemigo.
Más adelante en el filme, Dantès —convertido ya en el conde de Montecristo— es invitado a la finca de sus adversarios para cazar. Y de nuevo, debe montar a caballo, pero esta vez para iniciar su plan de venganza. El travelling avanza de forma rápida, pero quien está por llegar un destino fatal ya no es él, sino sus rivales.

En lo que Manny Farver describiría como la zona empírica y geográfica cubierta por la película; Patellière y Delaporte indican hacia dónde dirigir la mirada, y crean una narrativa visual que permite contar más de 1.000 páginas en poco tiempo.
Pero los realizadores no solo se sirven de los movimientos de cámara, también del espacio ocupado por los personajes en la pantalla. El conde se adueña de ella completamente, y la cámara sigue sus movimientos como el lector sigue al narrador dentro de un libro. Cada paso de Dantès es ostensible, y sus propios ayudantes se sorprenden de su sofisticada revancha. Sin embargo, para él, “no es venganza, es justicia”, como les dice a quienes cuestionan su vendetta.
Una adaptación a la altura
Es difícil llevar al cine un clásico del talante de El conde de Montecristo —sobre todo cuando el libro tiene más de 1.000 páginas—. Pero este filme es quizás la mejor adaptación que se ha hecho de esta obra en toda la historia. Y vaya que se ha intentado: tiene más de 40 adaptaciones audiovisuales, la primera de ellas datando de 1908. Como la famosa miniserie de 1998 con Gérard Depardieu y Ornella Muti, y una producción rodada el año pasado con el actor Sam Caflin en el papel protagónico.

Sin llegar a ser indulgente, el filme habla sobre un tipo de perdón. Uno más allá de absolver a los culpables: el que viene al aceptar que una vendetta personal salpicará, sin ninguna forma de evitarlo, a personas inocentes también. ¿No fue Dantès un inocente inculpado de algo que no cometió? ¿No estaría entonces a la par de aquellos que lo traicionaron?
El rencor es férreo, y queda grabado de forma aciaga en lo más profundo de la memoria, consumiendo el alma hasta que de ella solo queden trizas. Edmund lo vive en carne propia, pero la venganza le devuelve un poco de vida. Con un problema: nunca, ni la vendetta más oscura, va a ser suficiente.
Tal vez solo es venganza. O tal vez solo es justicia. O mejor: son ambas. Y tal vez haya algo de venganza en la justicia, y algo de justicia en la venganza. Pero a través de esta historia poderosa, el espectador se pregunta si solo la revancha puede alcanzar la absolución. Y puede que sí. Y tal vez no. Solo una cosa es clara: ni el escarmiento puede librar a alguien de una vida llena de culpas, ni la más grande fortuna llena un corazón vacío. Después de todo, consumirse en el rencor y el odio, solo puede generar una imagen quebradiza. Sí, así como la de Edmont Dantès cada vez que se mira al espejo.

“Y tú, ¿vas a usar la fortuna para el bien o también llenarás tu corazón de odio?”.
El conde de Montecristo es una historia poderosa que puede verse en salas de Cine Colombia de todo el país desde el 24 de octubre.
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