¿Hasta qué punto las películas sobre villanos generan una empatía peligrosa en los espectadores? El filme de 2019 del Joker (dirigida por Todd Phillips) es un buen punto de partida para iniciar este debate. La historia sigue a Arthur Fleck, un hombre cuya máxima motivación en la vida es hacer reír a la gente, pero el trato de los demás hacia él inspiran una violenta revolución contracultural contra los ricos en una Gotham City en decadencia. Y aunque su director deja clara su postura contra una sociedad vacía y antipática, la cinta se convierte en una suerte de justificación de la violencia.
Es claro que, al ser el protagonista, el público siempre tenderá a sentir pesar por Arthur Fleck. El problema de este filme es que es ambivalente en su discurso. Hay escenas donde es evidente que Phillips no buscaba identificación de los espectadores con el personaje, sino un sentimiento de rechazo hacia él. Pero hay otras —varias, a decir verdad— donde la narración se sitúa en una línea muy peligrosa, pues crea empatía del público hacia el Joker.

Víctimas y victimarios. ¿O al revés?
Tal vez la razón principal por la que a los espectadores les gustó tanto este filme es porque Arthur parece ser por momentos victimario, y por momentos víctima. Un damnificado de la sociedad. Él mismo lo dice: “Esto es lo que pasa cuando juntas un enfermo mental con una sociedad que lo rechaza y que se burla”. Él es víctima cuando el estado deja de darle pastillas. Es víctima cuando le quitan el acceso a su psicóloga. Es víctima cuando unos jóvenes lo golpean por vestir de payaso, cuando su jefe le va a cobrar un letrero, cuando asesina a tres hombres presentados como ‘malos’, cuando Thomas Wayne lo golpea, cuando Murray y sus compañeros payasos se burlan de él, cuando Randall lo convence de tener un arma y luego le dice a su jefe que él se la pidió. ¡Es una víctima total del sistema! —o al menos, así lo presenta la narrativa—. El Joker se muestra como un héroe, y así alcanza a percibirlo el público.
En la vida real, las líneas divisorias entre víctimas y victimarios se desdibujan todo el tiempo. Y es que quienes han padecido la violencia, podrían ejercerla después.
Alfredo Guerrero Tapia, profesor e investigador de la División del Sistema de Universidad Abierta de la Facultad de Psicología (FP) de la UNAM, explica que las víctimas desarrollan resentimiento, deseos de venganza y una inhibición en la vida cotidiana. Es esto lo que se conoce como espiral o ciclo de violencia. “Cuando un individuo o grupo recurre a la violencia para resolver un conflicto, no solo causa daño físico o emocional a otros, sino que también siembra las semillas de futuros conflictos y represalias. La violencia engendra resentimiento, alimentando un ciclo interminable de venganzas. Este ciclo destructivo puede ser difícil de romper una vez que está en marcha”, sostiene Ángela Patricia Cadavid Vélez, docente de la Universidad Católica de Pereira.
Y es que las conductas agresivas son un tema complejo en el ámbito de la psicología. “Otros autores manejan la idea de que una conducta violenta en una persona que es víctima (directa o indirecta) tiene que ver con la exposición permanente al sufrimiento desde la infancia. Esta exposición produce efectos severos en la salud mental y en el esquema cognitivo de las víctimas directas o víctimas como espectadores”, afirma Esteban Buch en su estudio Factores de riesgo en la transformación de víctima a victimario de la Revista Intercambio de Educación Social.
Sin embargo, lo problemático en el Joker es la representación audiovisual de la violencia, donde cada crimen aparece como un ‘tuve que’ debido a como fue tratado. Tal vez la intención principal de Phillips al hacer la película era lo contrario, o presentar las dos caras de la moneda de víctimas y victimarios. Pero como afirma la crítica de cine del Times Stephanie Zacharek, la película quiere hacer una crítica a la cultura vacía de la sociedad, pero termina siendo, en muchos momentos, solo un ejemplo de ella.

Hacia una estética de la violencia
Hay cierta irresponsabilidad en el tratamiento narrativo del filme y en la glorificación del Joker, como la escena en que la multitud lo aplaude cuando se levanta en el carro de policía después de ser salvado de un arresto.
Tal vez su problema es lo apolítica que intenta ser. Muestra los hechos y la agresividad, pero a su vez intenta generar rechazo hacia el personaje —y falla completamente—. La película es, y no es.
El filme se sitúa en la delgada línea que separa inducir a la violencia, y solo mostrarla. Después de todo, como afirma Manuel Garrido Lora, profesor de comunicación de la Universidad de Sevilla, un producto audiovisual es peligroso cuando tiene violencia justificada o es tratado con humor, ambas características presentes en esta película. Todos sus crímenes son de cierta manera justificados: Murray se burló de él, Randall también, y los tres hombres del metro lo golpearon. Además, hay escenas de baile acompañados con música donde se trata con humor su violencia y sus comportamientos.
Tal vez Joker no sea una apología directa a la violencia, pero sí está en un límite peligroso que genera cierto nivel de perturbación al terminar el filme. Siempre será problemático definir hasta qué punto cada película cruza sus límites. Pero a Todd Phillips le faltó revisar un poco la ambigüedad de su discurso. Y aunque el Joker no será el culpable si hay alguna masacre o acto violento en su nombre, es importante que los realizadores tengan cuidado en la forma en que tratan ciertos temas.

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