El realizador caleño César Acevedo se coloca en la piel de víctimas del drama campesino colombiano. Durante 97 minutos, siente todo el peso y el dolor de ese conflicto que ha acompañado a los colombianos por décadas. La Tierra y la Sombra cuenta la historia de Alfonso, un hombre que vuelve a su casa, una finca de cultivos de caña de azúcar, después de muchos años de ausencia.
Con su hijo enfermo, las dos mujeres de la casa con la economía al hombro como corteras de caña, y su exmujer aferrándose a su terreno, Alfonso descubre que su hogar no es ni la mitad de lo que habitaba en sus recuerdos. Es fría, distante, acabada por el progreso. La intención del director es mostrar la problemática social que viven los campesinos y la devastación y destrucción de los cultivos de caña de azúcar, que a su vez generan injusticias sociales a los trabajadores. De la tierra solo cenizas quedarán.
César Acevedo regala una narración pausada, de ritmo lento y los diálogos apenas necesarios. El realizador transporta el campo a su película: transmite calma. Pero está llena de dificultades y oscuridad. Por un lado, el hijo enfermo, batallando por su vida. Y por otro, el cultivo de la caña de azúcar, con sus miserables salarios y su injusticia laboral. La enfermedad del hijo de Alfonso es un producto mismo de las paupérrimas condiciones a las que están sometidos los corteros, expuestos por años al sol y a las cenizas. El director se esfuerza por hacer una muy bien lograda yuxtaposición entre el drama familiar y la problemática social.
En la cinematografía se encuentra la calidez del campo, al mismo tiempo que las preocupaciones que atormentan a los personajes. La película está narrada en su mayoría por planos abiertos, casi todos generales. Con ello, Acevedo logra una narración de lo cotidiano, casi como si fuera un intento de documentar la vida campesina.
Los planos cerrados encuadran los momentos más duros para los personajes, donde enfrentan un duro choque contra la realidad social que viven. La primera vez que aparece un primer plano en la película, está en cuadro Alicia, la ex mujer de Alfonso, y Esperanza, la esposa del hijo de Antonio, sentadas con los trabajadores cañeros, decidiendo si continúan trabajando o no, indignados porque no han recibido su salario. Esperanza y Alicia saben que no pueden recurrir a la huelga, en casa necesitan el dinero. Los primeros planos de sus rostros capturan muy bien el drama.
El director respeta los tiempos de cada encuadre, generalmente de larga duración, para disminuir el número de planos. Esto genera un ritmo pausado en la narración. Hay influencia estética de Andréi Tarkovsky, Sven Nykvist y Béla Tarr, según su director de fotografía, Mateo Guzmán.

La duración de los planos plantea una reflexión sobre el tiempo: Para los vallecaucanos la caña de azúcar es un elemento esencial de su identidad cultural, y al ver la devastación por la maquinaria que ha llegado con los años, los personajes sienten que les arrancan una parte vital de ellos mismos. Así pasa con Alicia, quien se niega a abandonar su tierra, pero a la vez le duelen las cenizas que ve a su alrededor. Los personajes ven destrucción, y por su hijo enfermo, sienten que el todo es eterno y a la vez efímero.
Los encuadres están conectados con la dirección de arte. Las escenas que transcurren dentro de la casa de Gerardo, el hijo de Alfonso, se van por la tonalidad del café, y debido a su enfermedad, siempre deben estar cerradas las ventanas. Esto da una sensación de encierro y de oscuridad. Los personajes están atrapados en la propia pérdida de su tierra. Y es algo de lo que no pueden escapar: están condenados a ella. El cerrar las ventanas también representa el intento de Alicia de aferrarse al campo.
El sonido también es esencial para la construcción de significado de la película. No solo los ambientes que dan la sensación de estar en el Valle del Cauca, sino la presencia de las aves que trinan en el día, a los que Alfonso intenta enseñarle a su nieto a respetar y cuidar. Le enseña a cuidar su entorno, su tierra. Es una reflexión constante sobre la identidad cultural.
El sonido de los pájaros siempre está presente. De igual manera, se escucha la caña de azúcar ser cortada y caer el suelo, casi generando eco. El director enfatiza la identidad que los habitantes de la región van perdiendo poco a poco. También son esenciales los sonidos de una de las últimas escenas de la película: cuando después de la muerte del hijo de Alfonso, se queman los cultivos. El fuego es fuerte y duradero. El director así muestra que, de su tierra, solo cenizas quedarán.
La Tierra y la Sombra es una película con mucha fuerza en su argumento, que retrata la pérdida de la identidad cultural, las problemáticas de los campesinos, y una tierra de la que solo queda polvo y niebla. Acevedo lo logra a través de diferentes recursos de construcción de significado como el sonido, la cinematografía, el guion y la dirección de arte. Con su narración serena, hace un retrato de lo que somos como cultura, del olvido que seremos.
*Puedes encontrar la película en Apple TV y en Google Play.









Deja un comentario