“Le hicieron una lobotomía”, narra la directora de cine Catalina Villar, al principio de su largometraje Ana Rosa. La realizadora, residente en Francia hace muchos años, encuentra una fotografía de su abuela paterna, Ana Rosa, cuando limpia el apartamento en Bogotá de sus fallecidos padres.
Lo único que sabe de ella es que le hicieron una lobotomía en los últimos años de su vida, aunque todo alrededor de su memoria parece estar en silencio. Solo dos familiares la recuerdan: su primo mayor, Eduardo; hijo del reconocido psiquiatra Álvaro Villar Gaviria, y su tío menor, Ernesto, quien fue desterrado por la familia a causa de una razón aún desconocida para ella.
La directora se dedica entonces a buscar quién fue su abuela y qué llevó a su familia a autorizar una lobotomía. Intenta buscar su partida de nacimiento, y viaja hasta Mariquita para encontrarla. Sin embargo, los libros de registro solo están a partir de 1905, y Ana Rosa nació un año antes. Así pues, Villar se propone otra tarea: encontrar la historia clínica de su abuela.
El documental presenta varias entrevistas a médicos, psiquiatras, e incluso visita el Asilo de Locas, como le llamaban a la clínica psiquiátrica para mujeres. Se encuentra entonces, ante la historia de una práctica médica nada ética, donde experimentaban con la salud mental de las pacientes al realizarle lobotomías a las más agresivas y renuentes a los tratamientos. ¿La lobotomía funcionaba? Quizás. Pero más por el hecho de que las pacientes terminaban en estado vegetal, muchas sin poder hablar ni moverse.
“Después de la cirugía no se podía hablar mucho con ella, no podía sostener una conversación mucho tiempo”, relata su tío Ernesto, el último de los hijos vivientes de Ana Rosa. La lobotomía fue ideada por Egas Moniz, Premio Nobel de Medicina de 1949. Era un procedimiento quirúrgico complicado y costoso, por lo cual a mitad del siglo XX, Walter Freeman concibió una forma de realizarla en menos de diez minutos. Aunque se operaron a más de 3.000 pacientes en el mundo, hoy en día es considerada una práctica obsoleta.
En una lobotomía se desconecta el lóbulo frontal del resto del cerebro. Pero, hoy en día, muchos médicos concuerdan en que el cerebro es un órgano tan complejo, con tantas conexiones, por lo cual dejar obsoleta una parte de él puede llegar a tener consecuencias graves.
Bien podría decirlo Rosemary Kennedy, una de las hermanas del expresidente John F. Kennedy, quien tuvo una lobotomía a la edad de 23 años, y fue un rotundo fracaso. Estuvo sin poder caminar ni hablar, y durante el resto de su vida fue recluida en instituciones pues necesitaba atención todo el tiempo. Murió a los 86 años.
En Colombia, muchas lobotomías fueron realizadas a mujeres que, según las historias clínicas, tenían un “notable daño del buen servicio”, es decir, no ejercían sus roles de amas de casa, madres y esposas, según se esperaba de ellas en la época.
El documental explora los mitos alrededor de la salud mental, sobretodo en las mujeres. Los hombres decidían su destino, y en algo tan privado e íntimo como su propia condición humana, ni siquiera era posible que ellas tomaran sus propias decisiones. Una de las psiquiatras entrevistadas en la película, cuenta su historia: cuando realizaba su tesis de grado, estuvo internada en un hospital psiquiátrico debido a una fuerte depresión. En contraste, en otras épocas muchas mujeres fueron lobotomizadas por una mezcla de depresión y ansiedad. Hoy en día, es una aflicción muy común. Esta generación es una reivindicación de esas mujeres estigmatizadas por su salud mental en el pasado.
Villar, la directora de Ana Rosa, encontró una posible adicción de su abuela a la morfina, según le contaron su tío y su primo. Sufría de unos fuertes dolores de cabeza que, según ella, solo se curaban con el medicamento. Su tío Ernesto, el menor de todos, le conseguía morfina todo el tiempo. Y eso daño la relación con sus hermanos, pues ellos consideraban que él contribuyó al declive de su salud mental. Antes de terminar el documental, el tío de la directora falleció. “Nadie de la familia vino al entierro”. Fue el último en morir.
El tema de la película es interesante, no obstante, algo falla en el abordaje. Es claro que el vehículo narrativo es la búsqueda de la historia de vida de la abuela, y el silencio aturdidor en su familia sobre la lobotomía. No obstante, algo ocurre en la estructura, generando a momentos una desconexión con el público.

Los espectadores quieren saber qué pasó con Ana Rosa, pero la forma de realizar algunas entrevistas – sobretodo a miembros de la familia – puede tornarse un poco monótona y desconectada. En una de ellas, un familiar le dice a la directora de un mito sobre su abuela: su fama de ‘alegre’. Su tío Ernesto le contó que cuando él era pequeño, su madre se lo llevó a Estados Unidos con un novio, y sus hermanos sintieron su abandono – aunque ya eran todos mayores de edad –. Explorar el rol de Ana Rosa en una sociedad que impone lo que significa ser mujer, habría sido más interesante.
Son comprensibles los problemas de la directora para encontrar más sobre la vida de su abuela, por lo cual hay muchas suposiciones y preguntas en el aire. No obstante, eso genera cierta desconexión y hasta cierto desorden en la estructura, dificultando conectar completamente con la película.
El documental es de modalidad reflexiva, lo cual implica la construcción del realizador como personaje y su intervención constante dentro del mismo. Y es lógico, se trata de una historia familiar. Pero la voz en off de la directora a veces se siente un tanto repetitiva. Casi al final del metraje, a Villar la internan en una clínica para realizarle unos exámenes neurológicos – una curiosa casualidad – y ella realiza tomas mientras la llevan en la camilla. La escena hace recordar a Todo comenzó por el fin, cuando Luis Ospina está en la clínica por un tumor cerebral. En Ana Rosa, su inclusión en el hospital es breve, y parece no tener gran relevancia dentro de la narrativa. “Me pregunto quién habrá llevado a Ana Rosa al hospital el día de su lobotomía”, dice la directora. Es una pregunta válida, aunque poco necesaria y no le aporta nada a la conexión del público con la obra.
Parece que Villar solo agregó las escenas en el hospital para mostrar la casualidad de ser atendida por un problema neurológico mientras realiza un documental sobre una operación del cerebro. Sin embargo, no hay suficiente justificación narrativa.
Ana Rosa es un documental interesante, revisa no solo una misteriosa historia familiar sino también la trágica relación entre salud mental, las mujeres y la lobotomía. A pesar de que en gran parte conecta con su público, falla en engancharlo del todo, siendo la voz en off y la forma de las entrevistas, una razón importante.
Ojalá este documental sea la primera de muchas reflexiones en torno a la estigmatización de la salud mental y la reivindicación de tantas personas, tanto hombres como mujeres, que fueron sometidos a procedimientos quirúrgicos complejos por no encajar en el rol que la sociedad esperaba de ellos. Y también para la memoria de Ana Rosa, que vivirá en aquellos que, ahora o siempre, hablen de ella y de su historia.









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